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Los visigodos no conocieron nombres de
familia; el nombre entre ellos era individual. Mas no todos los que
llevaban nombres teutónicos o góticos pertenecían a estas razas, como
suele creerse. Es un uso constante en los pueblos sometidos adoptar los
nombres de los vencedores y ponerlos a los hijos.
Después de la caída del Imperio Romano
fue tal el desprecio que cubrió cuanto llevaba nombre latino, que en el
siglo X escribía Luitprando, obispo de Cremona: "Nosotros los lombardos,
así como los sajones, francos, loreneses, bávaros, suevos y borgoñones,
despreciamos tanto el nombre romano que en nuestra cólera no encontramos
mayor injuria para ofender a nuestros enemigos que llamarles romanos;
porque comprendemos en este nombre todo cuanto hay de innoble, tímido,
avaro, lujurioso, mendaz y todos los vicios en fin".
La España romana hizo como las demás
provincias del Imperio: aceptar los nombres bárbaros, lo cual favoreció
el principio de fusión entre ambas razas.
El nombre indicativo de la familia a
que pertenece el individuo, el apellido, apunta en España por la forma
más natural, el patronímico. Apellido, del latín appellare, ya en
Tácito appellitare, llamar, nombrar, designar, es voz que nació
en los tiempos en que los odios y pretensiones siendo hereditarios, el
espíritu de partido convertía los nombres de familia en enseñas bajo las
que combatían todos aquellos que unían e identificaban simpatías,
resentimientos y esperanzas. Se forma el patronímico aplicando al hijo
el nombre del padre modificado por un prefijo o sufijo, o por la
declinación. Los hebreos y árabes anteponían las palabras bar,
ben (hijo, descendiente). Para encontrar el patronímico permanente y
convertido en apellido de familia, necesitamos ir a Roma. Es sabido que
la lengua latina expresa con el genitivo la propiedad o la descendencia;
en este caso unas veces va seguido de la palabra filius, como
M. AEmilius Murrianus Carbili f. (filius), y otras toma la
terminación ius como Flavius de Flavus, Gratius
de Gratus, Servius de Servus; forma que engendra
nuevos patronímicos; Gratius hizo Gratidius y
Servius hizo Servilius. En la baja latinidad el nombre del
padre en genitivo después del del hijo constituyó el apellido de éste.
Cada nación formó la desinencia o
terminación del patronímico según la índole genial de su lengua. Los
españoles siguieron, como los franceses e italianos, el genitivo latino,
dándole la forma ruda y arbitraria propia del periodo que su romance
atravesaba, latinizando los nombres, haciéndose de Ferrandus,
Federnandus o Fredenandus, Ferrandizi, Federnandizi y
Fredenandici; de García o Garsea, Garsiae, Garcezi, Garciezi,
Garseanis, Garciazi. Algunas veces la i final se convierte en
e, en a o en o. Estas formas indecisas se
mantuvieron hasta muy entrada la Edad Media, se bien pronto se despojó
la vocal final en los que afectan regirse por la segunda declinación,
quedando de ellos muy contados ejemplares, tales como Senante,
Aparici o Assensi. Notables y cancilleres pertinaces
conservaban esta desinencia todavía cuando hacía largo tiempo que el uso
la había abolido y reemplazado por la consonante que precedía a la vocal
suprimida. Así la z acabó por anular y absorber a la s y
t. Igual causa, esto es, la tendencia a dulcificar los sonidos
fue convirtiendo en ez la desinencia iz, siendo pocos los
patronímicos que se resistieron a esta modificación como Gomis,
Ferrandiz, Llopis, Muñiz, Peris o Ruiz.
Pero ¿cuándo aparece el patronímico
castellano?. No porque no se halle en los pocos documentos del siglo
VIII que se conservan ha de concluirse que aún no había comenzado a
usarse; dos donaciones de principios del año 804 están autorizadas por
confirmantes que llevan el apellido patronímico; una es la dotación de
la iglesia de Valpuesta por Alfonso de Casto, y otra la donación de
considerables bienes que hace a la misma iglesia su obispo Juan.
Conforme avanza el siglo IX hacia su
terminación va extendiéndose el uso del patronímico. Así un privilegio
expedido en 877 por Alfonso III en su corte ovetense, concediendo el
lugar de Dumio al obispo de Mondoñedo, aparecen como testigos personas
identificadas con el nombre y el cargo que desempeña o el carácter con
que se halla revestido el individuo (Vallamarius cellararius filius
Sisnandi, Argimirus notarius filius Didaci, Tractinus filius Puricelli)
como mejor distintivo que el patronímico, que no viene sino en segundo
lugar.
En el reinado de Ordoño II se
generalizó el uso del apellido patronímico en los estados que se fueron
acumulando bajo su cetro.
Mas aunque el patronímico en su
múltiples formas constituía por regla general el apellido, no era el
único medio de distinguir las personas. Sucedió en las localidades lo
que al cabo del tiempo siempre acontece, y mucho más entonces que la
población era más estable: que ciertos nombre y sus derivados se hacían
tan comunes que no servían para distintivo. Muchas familias se abonaban,
por decirlo así, a dos nombres propios que alternaban formando cadena
entre ascendientes y descendientes. El abuelo se llamaba Froila, el
padre Ramiro Froilaz, el nieto Froila Ramirez, y no salían de Froilas y
Ramiros. Había padres que daban un mismo nombre a los varones y
otro nombre también igual a las mujeres. Necesariamente hubo que
recurrir a lo que después se llamó alcuña, a un sobrenombre,
mote, apodo o sobreusa, tomado por defecto, dolencia, cualidad, virtud,
costumbre, parentesco, estado, condición, cargo y oficio. Si no
había seña personal ni circunstancia particular se acudía a la
procedencia, esto es, al lugar o sitio donde había nacido, se había
criado o residido, o bien a la situación relativa de éste, como dalen,
de allende, de suso, de somo, de ayuso. En el mismo pueblo, el punto
en que se moraba o a que se estaba próximo servía para dar apellido:
de la calle, de la rua, de la plaza, del camino, de la cuesta, del peso,
del barrio, de somavila, del río, del portillo, del ejido, del otero, de
la era o de las eras.
Durante el siglo XII fueron haciéndose
más comunes estas clases de denominaciones, encontrándose escrituras en
las que casi todos los testigos se nombran de esa manera.
Entre las formas de apellido que
debieron su origen al carácter feudal fue la principal la que provino
del solar de que se era dueño, y se denominaba solar todo
edificio o terreno, grande o pequeño, yermo o poblado. El verdadero
solar nobiliario era un extenso predio, especie de latifundium,
poblado de familias de criación o vasallos solariegos que lo cultivaban,
y en cuya parte más prominente se levantaba una casa fuerte que habitaba
el señor.
Hasta ahora nos hemos referido a la
clase de personas de la alta nobleza, propietaria de tierras, mandos
militares, administradores de justicia y altos cargos. Veamos cómo se
nombraba la clase servil, es decir, la sujeta a algún tipo de vasallaje.
De los siervos de nacimiento se solía
guardar la genealogía porque en acreditar la condición de los padres y
la filiación de los hijos se fundaba el derecho sobre todos sus
descendientes. Se distinguían también unas veces por solo el nombre,
otras uniendo a este el patronímico o el apodo; a veces se les designaba
por "otro hombre" (alium hominem) por no poseerlo.
En las mujeres fue más lenta la
adopción del apellido.
Reinaba pues en esta época la libertad
absoluta en la adopción del apellido, tomando el que más
conviniese por nobleza, cariño o motivos de gratitud. Del mismo modo se
cambiaban el mismo los criminales, sobre todo los procesados por la
Inquisición
No influyó para corregir el anárquico
uso de apellido el recrecimiento de la vanidad nobiliaria de los siglos
XVI y XVII y el consiguiente desarrollo de la ciencia genealógica,
con sus doctores, expositores, casuistas y bibliógrafos. Los nobiliarios
respondían a una gran necesidad social. Todo aquel que no tenía
ejecutoria, hidalguía recibida o limpieza de sangre probada, era un
paria. Baste considerar que en los nobles se proveían las encomiendas,
dignidades y empleos, tenían preferencia para prebendas y beneficios
eclesiásticos, y facultad de acumular muchos; no podían ser ejecutados
en sus bienes, ni encerrados en cárcel pública, ni sometidos a tormento
ni a penas ignominiosas; que se templaba el rigor de las leyes al
aplicárselas, y que estaban exentos de tributos y cargas concejiles,
para formarse idea de los esfuerzos que harían por penetrar en esa clase
privilegiada, de los fraudes y falsificaciones que para ello se
emplearían, y de los sacrificios pecuniarios que por conseguirlo se
impondrían los particulares en las épocas en que la venta de hidalguías
y títulos era unos de los arbitrios de la Real Hacienda. Así es que sus
fronteras se fueron dilatando hasta acusar el censo de 1787, como
pertenecientes a ella, medio millón de individuos. La profesión de
genealogista fue, pues, muy lucrativa; clase de trabajos que cayó muy
pronto en la industria, de donde después no ha vuelto a levantarse.
Generador principal de nobiliarios fue el que corría bajo el nombre del
conde Don Pedro, hijo de un rey de Portugal del siglo XIV, el cual, en
tres siglos que mediaron hasta su impresión, circuló en copias, que cada
cual ordenaba a su gusto, acabando por no conservar del primitivo ni
remotos lineamientos. Esta era la fuente predilecta de los
genealogistas, y la autoridad que más alto levantaban sobre su cabeza.
Ningún nobiliario merece fe; y así lo reconoció en el mismo siglo XVII
el Consejo, en auto impreso a propósito del de Alfonso López de Haro,
uno de los más calificados. Sus autores no buscan más que halagar
vanidades y favorecer intereses, haciendo posible entronques quiméricos
que lleven las estirpes adonde convenga, incluso hasta Adán. Don Quijote
mostró conocer los procedimientos de estos industriales, al confiar en
"que podría ser que el sabio que escribiese mi historia deslindase de
tal manera mi parentela y descendencia, que me hallara quinto o sexto
nieto de rey". No eran dados los
genealogistas a investigaciones etimológicas de apellidos; acogían.
adornándolos más o menos, los cuentos vulgares que explicaban su origen
El patronímico, que venía sirviendo
indistintamente de nombre y apellido en todas las clases, comienza en el
siglo XVI a quedar relegado, como nombre, a la clase inferior. Rara vez
se le encuentra ya usado de este modo fuera de ésta.
El uso de más de un apellido, fuera de la combinación del
patronímico con el de lugar, no es común en la Edad Media; va
extendiéndose desde el siglo XVI; pero hasta época reciente no adquiere
regularidad la costumbre de que alternen suministrándolos las líneas
paterna y materna. (Estractado
del Ensayo de los Apellidos Castellanos, de José Godoy Alcántara. 1871) 
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